Revista del Campo

 Nuevos vinos, nuevas tareas

Concurso de la Revista del Campo y Revista Wikén prueba que Chile está ampliando su frontera vitivinícola y que la diversidad de climas y suelos comienza a ser mejor aprovechada, aunque todavía queda mucho por hacer.
 

EDUARDO MORAGA VÁSQUEZ  MILES, el personaje de Entre Copas, recorre Chile por estos días. O mejor dicho su creador y alter ego, Rex Pickett. El escritor norteamericano creó a uno de los personajes que más han influenciado la industria del vino en el mundo. La película, que se basó en el libro, dio origen a un boom de consumo de pinot noir en Estados Unidos. 

La onda expansiva de Miles llegó incluso a Chile, con un auge de plantaciones de la cepa borgoñesa en valles como Casablanca, Limarí o Leyda.

Pickett, buscando inspirarse para una continuación de Entre Copas, se instaló hace unos meses en Chile. De buenas a primeras es un paso ilógico. Francia o Italia tienen más historia enológica. Australia o Argentina son más conocidos por los lectores norteamericanos.

La explicación del escritor de por qué decidió instalarse por unos meses en Santiago es simple. En el vino chileno están pasando cosas interesantes.

El mote de que Chile sólo tiene vinos correctos pero aburridos está siendo destruido con cada vendimia.

Así lo corrobora la edición 2012 del Premio a la Innovación en el Vino Chileno que entregan Revista del Campo y Revista Wikén. El jurado, compuesto por Patricio Tapia, Héctor Riquelme y Eduardo Moraga, entregó 15 premios regionales a botellas que muestran los nuevos caminos de la industria local.

Se trata de proyectos que expanden las fronteras de dónde y cómo se puede producir vino, como Tara, un emprendimiento surgido de Viña Ventisquero, que ha sido capaz de sacar chardonnay de la costa del Desierto de Atacama, en la segunda terraza del valle del Huasco; o Bodegas Re, la inversión personal de Pablo Morandé, que produjo un pinot noir vinificado como blanco, sin contacto con los orujos.

El premio mayor se lo llevó William Fèvre Little Quino Pinot Noir 2012, considerado el más innovador del año.

Así también se reconoció a Rafael Urrejola como enólogo joven destacado y se le entregó un premio a su trayectoria a Ignacio Recabarren, el enólogo que abrió Casablanca y posicionó al carmenere como productor de vinos ícono.

Sin embargo, los vinos que se reconocieron son sólo pasos iniciales. La industria del vino nacional es un buque de calado mayor. Maneja exportaciones por US$ 1.700 millones y tiene 120.000 hectáreas de viñedos en todo el país.

Para aprovechar el viento de la innovación es necesario izar varias velas. Desde que los dueños de las viñas se convenzan de sacarle partido a la diversidad de terroirs que tiene Chile, hasta aprender a comunicar de forma eficiente y unida ese potencial.

1. Potencial de sobra

Pedro Parra lo tiene claro. El doctor en terroir y asesor de viñas locales y de Canadá, Argentina e Italia lanza una afirmación rotunda: “Chile tiene la variabilidad climática y geológica más grande del mundo vitivinícola”.

Si alguien sospecha de que se trata de una mirada chauvinista, Parra tira datos duros sobre la mesa. En Chile, por ejemplo, es posible encontrar los cuatro tipos de suelos asociados a vinos de alta calidad: graníticos, volcánicos, de pizarra y calcáreos.

Ahora, si a esas variables le agregamos las diferencias en las oscilaciones de temperatura durante el día y la presencia de nubosidad entre la Cordillera de los Andes y la orilla del Océano Pacífico, junto con el notable contraste de lluvias entre el Desierto de Atacama y La Araucanía, el panorama es de una diversidad notable. Sólo es cosa de buscar el lugar correcto para cada cepa y el proyecto enológico, ya sea de vinos masivos o de alta gama.

2. Fácil producción

Un escéptico podrá argumentar que una cosa es tener potencial de diversidad y otra muy diferente es llevarlo a la práctica.

De hecho, las diferencias de suelos y climas llevan siglos presentes, pero nunca se les ha sacado gran provecho. La vitivinicultura chilena hasta hace 30 años se restringía a la parte plana de los valles centrales. La apertura que realizaron Pablo Morandé e Ignacio Recabarren del valle de Casablanca fue la primera ruptura a ese modelo.

Sin embargo, el negocio vitivinícola está cambiando a pasos agigantados. Los directorios de las empresas están conscientes que vender un vino commodity o uno ícono ya no son las únicas opciones. En medio hay un floreciente mercado para vinos de especialidad, una categoría similar a la de “lujo abordable” del retail.

El núcleo de ese negocio está en el segmento de jóvenes profesionales amantes de los vinos. Ellos no sólo manejan una gran información, gracias a las redes sociales, sino que están interesados en vinos especiales. Usualmente, navegan entre los US$ 20 y US$ 30 por botella.

“Cuando me llamaron a trabajar a Undurraga fue porque los dueños estaban convencidos de que Chile permitía sacar una línea de vinos de terroir a un precio accesible”, afirma Rafael Urrejola, ganador del Premio al Enólogo Joven 2012.

Urrejola destaca que todavía los costos de la mano de obra y el valor de la tierra son menores a los de Europa, California u Oceanía. Además, agrega que Chile no tiene las ataduras reglamentarias y legales de Francia, Italia o España. Acá es posible producir una variedad donde se quiera y de la forma que los inversionistas lo estimen conveniente.

“Como enólogo, en un radio de 400 kilómetros a la redonda tengo acceso a uvas de orígenes muy diversos. Ese es un activo muy valioso a la hora de competir con viñas de otros países”, afirma Rafael Urrejola.

3. Tesoro viejo 

José Neira recuerda el año 1968. También las palabras que le dijo Víctor Manuel, su abuelo, al calor de una fogata, “los vinos que hace tu papá son malos”.

Neira hoy tiene 48 años y es capaz de recrear la escena con lujo de detalles. Sin embargo, asegura que sólo hace un par de años pudo entender la frase que le lanzó su abuelo. La viña familiar en Guarilihue Alto, en el valle de Itata, en la Región de Biobío, había seguido el mismo destino que las de la zona durante el siglo XX, pasar de generar vinos con cierta ambición a ser sólo proveedores de pipeño. Su vino Bandido Neira Cinsault, ganador del Primer Lugar de la Zona Sur, es un retorno al estilo de producción de don Víctor Manuel.

Aunque lleva poco tiempo en el mercado, José Neira está asombrado con los resultados. “Hay gente que viaja en auto desde Santiago para comprarme cajas de vinos. Me tienen loco con tantos llamados y correos electrónicos”, explica.

Nada de mal para un profesor de Química Analítica de la Universidad de Concepción, que hace un lustro decidió tomar casi como un hobby el rescate de unas despreciadas parras viejas que pertenecían por siglo y medio a la familia.

En un mundo de cepas globalizadas, Chile cuenta con zonas como Itata y Cauquenes, con siglos de tradición vitivinícola de secano que crecientemente son un plus en la comercialización. En 2011 el jurado del Premio a la Innovación en el Vino Chileno eligió a De Martino Viejas Tinajas 2011 como el vino del año. Al poco tiempo las botellas desaparecieron de las vitrinas. Este año, en la viña optaron por venta en verde para asegurar una distribución transparente.

“Algunos sostenían que las parras viejas eran una moda. Sin embargo, llevamos varios años con una demanda creciente. Afuera hay un interés notable por los vinos de Cauquenes”, explica Pedro Parra.

4. Nueva viticultura

“Desde que comencé a trabajar en Huasco crecí enormemente como profesional”, reconoce Ricardo Gompertz, subgerente agrícola de Ventisquero.

Acostumbrado a laborar en la zona central, cuando la viña decidió explorar la costa del desierto de Atacama en 2007 tuvo que enfrentarse a una realidad que nunca había visto: suelos pobres en fierro y demasiados salinos. Partió con un jardín de variedades con cepas como chardonnay, sauvignon blanc, merlot, syrah y pinot noir. Además probaron distintos tipos de patrones, para ver cuáles funcionaban mejor con el suelo y las distintas variedades.

A punta de ensayos, aciertos y malos resultados dieron con una viticultura distinta, apropiada para las condiciones de Atacama. Hoy la compañía tiene 15 hectáreas plantadas. Algunas de sus parras dan origen al Tara White Wine 1 2011, reconocido este año como el ganador de la Zona Norte. Un vino de una mineralidad especial, salino y con un dejo de cenizas. Distinto a los chardonnay del resto del mundo.

Más de mil kilómetros al sur, en Quino, en la Región de La Araucanía, el viticultor Nicolás Ianuzzi también ha enfrentado problemas inéditos. Las parras que tiene a cargo deben soportar cerca de 1.000 milímetros de lluvia cada año. Además, enfrenta un alto riesgo de heladas entre fines de octubre y principios de diciembre. Hace dos semanas el viñedo soportó temperaturas de -4° C durante dos noches seguidas. Sólo mediante el esfuerzo de dos trabajadores que se mantuvieron al pie del cañón manejando el mecanismo de control de heladas mediante aspersión, la producción no se perdió.

“En el sur, todo cuesta más. Exige más dedicación y hay que estar pendiente de muchos más detalles que en la zona central. El enólogo está muy feliz por las uvas que sacamos de allá, pero pucha que nos cuesta trabajo a los que estamos en el campo”, reconoce un alegre Ianuzzi.

Tiene razones para su estado de ánimo, sus uvas dieron origen al William Fèvre Little Quino Pinot Noir 2012, premiado como el vino más innovador de Chile.

Esos dos ejemplos son una muestra de que la viticultura chilena está alcanzando una complejidad impensada sólo un lustro atrás.

5. Aprender a comunicar

“Chile tiene una diversidad y complejidad que potencialmente es muy sexy. El problema es que como país no posee, en la actualidad, el poder para comunicar esa idea”, reconoce Pedro Parra.

A diferencia de países como Nueva Zelandia, Australia o Argentina, en que por temas culturales y de legislación las viñas tienden a trabajar en conjunto, en Chile el trabajo gremial colisiona con el individualismo de las viñas.

Salir de esa trampa es vital para poder comunicar la diversidad local. Ello permitiría emitir un mensaje coherente como industria.

Parra propone, de hecho, potenciar un par de personalidades de la industria como comunicadores full time, con recursos suficientes para armar presentaciones todo el año ante gente clave en los distintos mercados. El asesor en terroir identifica a las wine socialities, que comandan el boca a boca, y a los sommelier como objetivos clave de esa comunicación.

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